La energía del dinero no se rompe cuando el mercado se pone difícil; se rompe cuando el emprendedor empieza a traicionarse. Cuando recorta sueldos sin criterio, limita gastos esenciales, deja de pagar impuestos porque “el negocio no da” o empieza a justificar atajos, el problema no es la coyuntura: es el negocio elegido y, sobre todo, la mentalidad con la que fue creado.
Si desde el inicio un negocio no sostiene su estructura básica, difícilmente lo hará más adelante. El crecimiento trae más competencia, más exigencia y más presión. Entrar a un rubro solo porque “funciona”, porque hay seis farmacias en la cuadra o porque alguien dijo que es rentable, es una receta conocida para el fracaso. El verdadero punto de partida no es la rentabilidad, sino el talento, el don, la misión y el propósito.
Cada persona tiene un lugar natural donde puede crear valor. Si mi talento es artístico, probablemente me irá mucho mejor siendo pintor que abriendo una piñatería o un restaurante solo porque los vi crecer. Para cada persona hay un negocio distinto. La clave está en interiorizar qué me apasiona, dónde me veo, a quién quiero ayudar y qué problema real voy a resolver. Porque cuando un negocio se crea pensando únicamente en uno mismo y en el dinero, algo empieza mal desde el origen.
El emprendedor peruano es admirable. Hay empuje, creatividad y ganas de trabajar. Pero muchas veces la mentalidad le gana al deseo. Se llena de negatividad. En sus palabras y conversaciones no hay creencia: ni en él, ni en su empresa, ni en su país. Y eso es grave, porque el dinero responde a la confianza.
El Perú es un país bendecido. La moneda es de las más sólidas de la región. Y si soy peruano, lo mínimo que debería hacer es creer en mi moneda, porque ese dinero representa mi prosperidad y mi crecimiento. Sin embargo, muchos emprendedores siguen anclados al pasado, reviviendo una y otra vez los episodios difíciles que atravesaron. No los analizan como aprendizajes; los repiten como advertencias permanentes. Y así, no creen en su negocio, no creen en sí mismos y no creen en el país.
A esto se suma la desesperación. Todo emprendedor quiere llegar rápido al punto de equilibrio, cruzar el momento difícil y “pasar al otro lado”. Pero los negocios no son color de rosa. Hay dolor, hay tensión y hay aprendizaje. La fuerza mental se construye atravesando esos procesos, no esquivándolos. Cuando el emprendedor intenta “hacerse el inteligente” y saltarse el camino —no pagando impuestos, no honrando sueldos, bajando la calidad— rompe su propia energía financiera.
La ética no es un accesorio; es parte central del modelo de negocio. Si el emprendimiento nace desde el propósito, la misión y la coherencia, y el emprendedor cree en sí mismo, no hay forma de que no avance. El dinero fluye donde hay orden, conciencia y compromiso.
La alta morosidad también refleja esto. Falta educación financiera, pero sobre todo falta conciencia. Cuando alguien recibe financiamiento, lo mínimo es honrar el compromiso. No pensar cómo “sacar” el dinero, sino cómo devolverlo. Cada crédito es un voto de confianza. Romperlo no solo cierra puertas financieras: crea una carga personal y reputacional que acompaña por años.
Muchos emprendimientos caen en el mismo patrón: piden financiamiento, no pagan, cierran la empresa y abren otra a nombre de un familiar. Así, no solo se destruye el historial financiero propio, sino el de toda la familia. Se le debe al Estado, a los bancos, a los amigos. Luego nos preguntamos por qué cuesta tanto crecer, formalizarse o acceder a oportunidades.
La energía del dinero no se pierde por falta de oportunidades. Se pierde cuando queremos ser más vivos que la vida y terminamos engañándonos a nosotros mismos. Y desde ahí, ningún negocio puede prosperar.
Janneth Parra
Gerente Comercial
INANDES Grupo Financiero