Durante años hemos aprendido a creer que el mayor riesgo financiero de una empresa está en los estados financieros, en el flujo de caja o en la rentabilidad. Sin embargo, la experiencia demuestra algo distinto: el verdadero riesgo no está en los números, sino en la mentalidad con la que los líderes toman decisiones.
Como empresarios, solemos construir planes claros desde octubre del año anterior. Proyectamos el crecimiento, definimos inversiones, trazamos objetivos ambiciosos. Pero cuando el año empieza y llega el momento de ejecutar, aparece una vocecita interna que muchas veces habla más fuerte que el plan. Es la voz del miedo. Y ese miedo comienza a buscar excusas, objeciones y justificaciones para no avanzar.
En el plano financiero, esto se vuelve evidente. Aparecen conversaciones recurrentes: vienen las elecciones, mejor esperemos; el contexto está incierto, posterguemos la inversión; veamos qué pasa más adelante. Lo que estaba programado para febrero se pasa a marzo, luego a mitad de año, luego “cuando se aclare el panorama”. Así, decisión tras decisión, el miedo va tomando el control. No es el mercado el que paraliza a la empresa: es la mentalidad de quienes la lideran.
Muchos de los resultados financieros que no logramos no se explican por variables externas, sino porque nos dejamos llevar por pensamientos de temor y de fracaso. Nos comparamos con experiencias pasadas, con escenarios políticos anteriores, con decisiones que no funcionaron como esperábamos. Y cada nuevo contexto lo asociamos automáticamente a un resultado negativo previo. El problema no es haber tomado una decisión que no salió bien; el problema es no haberla analizado con profundidad.
Lo que solemos llamar “fracaso” no es un fracaso. Es una gran oportunidad. Una oportunidad para evaluar la empresa, para reinventarse, para construir alianzas estratégicas, para entender mejor al cliente y al negocio. Todo lo que llega trae una posibilidad de mejora. Pero cuando operamos desde una mentalidad de escasez, no logramos verla. Muchos ejecutivos, incluso en compañías consolidadas, toman decisiones desde esa mentalidad de escasez, acompañada de miedo. Y desde ahí es imposible alcanzar los resultados que realmente se desean.
Cuando el líder cree en sí mismo, analiza la información con objetividad y la enfoca desde una mirada positiva, las decisiones cambian. No se trata de negar los riesgos, sino de no convertirlos en excusas. La información está para apoyar la estrategia, no para paralizarla.
Un ejemplo claro es el de empresarios que innovan constantemente. Hay líderes que saben que la mayoría de los emprendimientos no funcionan como se espera. Y aun así, siguen creando, lanzando, aprendiendo. Para ellos, cada resultado adverso es parte del proceso. Ahí está la verdadera maestría del empresario y del ejecutivo: en decidir, en arriesgar, en liderar a su equipo incluso cuando no hay certezas absolutas.
El aprendizaje es un proceso que se debe honrar. Los grandes empresarios no llegaron a donde están sin haber atravesado retos importantes. De hecho, cuando alguien afirma que todo le ha ido bien, que nunca tuvo tropiezos y que el éxito fue inmediato, genera más desconfianza que admiración. Saltarse los procesos tiene un costo: tarde o temprano, la curva de aprendizaje se cobra.
Los negocios que perduran décadas han pasado por todas las etapas. La maestría se construye con años de práctica, de prueba y error, de aplicación real del conocimiento. La información sin acción no sirve de nada. Por eso muchos emprendimientos fracasan temprano: ingresan a negocios solo por rentabilidad, sin talento, sin competencias, sin conocimiento profundo, sin ética empresarial.
La energía del dinero responde a una lógica clara: fluye hacia donde hay confianza, aprendizaje, coherencia y liderazgo consciente. No hacia donde reina el miedo.
Janneth Parra
Gerente Comercial
INANDES Grupo Financiero